¡Regreso al reino del "por si acaso"! Mi épica batalla (perpetua) contra la acumulación compulsiva
Ah, la acumulación compulsiva. Ese universo paralelo donde "tirar" es una palabra prohibida, donde el "algún día lo necesitaré" es el mantra sagrado, y donde cada rincón de mi hogar parece estar librando una silenciosa (pero abarrotada) batalla contra el vacío. Y sí, amigos, he vuelto a caer en sus desbordantes garras.
Después de un breve y glorioso periodo de "minimalismo tentativo" (que duró aproximadamente lo que tarda un helado en derretirse en el sol de Maracay), me encuentro una vez más rodeado de pilas que desafían la ley de la gravedad, armarios que explotan al abrirse y la firme convicción de que cada objeto, por insignificante que parezca, tiene un valor intrínseco (aunque ese valor solo lo vea yo).
La excusa siempre es la misma: "Esto podría servir para...". Y la lista es infinita: ese cable misterioso (seguro que es para algo importante), esa revista de hace cinco años (la leeré cuando tenga tiempo), esa caja vacía (perfecta para guardar... ya se me ocurrirá qué). Mi hogar se ha convertido en una especie de arca de Noé de objetos olvidados, esperando su momento de gloria que, seamos sinceros, probablemente nunca llegará.
Minimalismo, día 1: cuando el caos te abraza más fuerte que la determinación.
La ironía es que, en este mar de "posibilidades futuras", encontrar lo que realmente necesito se convierte en una expedición arqueológica. Busco desesperadamente las llaves del coche entre una montaña de folletos caducados y el control remoto de la televisión yace oculto bajo una capa de ropa "que ya me pondré".
Mi cerebro funciona de forma peculiar en este entorno. Veo potencial donde otros ven basura. Esa lata abollada podría ser un original portalápices "vintage". Ese trozo de tela deshilachado es ideal para un "proyecto de manualidades" que probablemente nunca se materializará. Vivo en un estado constante de "preparación para lo inesperado", aunque lo inesperado nunca llega de la forma que imagino.
Las visitas de amigos se han convertido en un divertido juego de "encuentra el sofá". Navegan con cautela entre las torres de libros y los laberintos de objetos sin clasificar, ofreciendo miradas de mezcla de sorpresa y resignación. Sus intentos de "ayuda" suelen terminar con un firme "¡No! ¡Eso es importante!" de mi parte, mientras rescato un folleto de una ferretería de 2012.
Pero en el fondo, una pequeña voz en mi cabeza (probablemente sofocada por el ruido de tanto objeto junto) sabe que esto es un ciclo sin fin. La satisfacción momentánea de "guardar por si acaso" se traduce en un estrés constante por el desorden y la dificultad de encontrar cualquier cosa.
Así que aquí estoy, de vuelta en el universo desbordado de la acumulación compulsiva. La batalla contra el caos continúa, una lucha épica donde mi mente lógica se enfrenta a mi yo "coleccionista de todo". ¿Quién ganará? Solo el tiempo (y quizás una mudanza forzosa) lo dirán. Por ahora, seguiré navegando por este mar de objetos, convencido de que en algún lugar, bajo esta pila de... cosas, está la llave de la felicidad (o al menos el cargador de mi teléfono). ¡Deséenme suerte!
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